¿salir o no salir? esa es la cuestión

Antes de llegar a la relativa paz de Costa Rica y a algo de descanso tras las últimas dos semanas frenéticas preparando la marcha, no me dejaban facturar la maleta sin un billete de salida de Costa Rica y sólo conseguí subir al avión en el último momento tras un estrés final tipo Misión Imposible, cuando mi hermana ya me estaba comentando su plan para el resto del día viendo que me quedaba en tierra. Aquí va el recuento de la odisea vivida y la tensión de mis últimas 2 horas en España.
¡Al fin consigo cerrar todas las cuestiones que me quedaban pendientes en Palencia! Llevo empaquetando cosas y cargando la furgoneta desde las 5 de la mañana y con la Lola cargada salgo hacia Madrid a las 8 de la mañana del jueves. Me habría gustado estar allí ya el lunes por la tarde, pero ha sido imposible tener todo listo antes. Esto significa menos tiempo para despedirme de amigos y familia y nada de tiempo para descansar del ajetreo de las últimas dos semanas, pero ya tendré tiempo para descansar después…
Llega el lunes 4, día de la salida. Mi hermana me deja en el aeropuerto a las 9 de la mañana y me dirijo al mostrador para mi vuelo. He facturado por internet, así que sólo me queda depositar la mochila e intentar no quedarme dormido delante de la puerta de embarque (hoy he madrugado otra vez). O al menos así creía yo que iba a ser la cosa, pero resultó que no me lo iban a poner tan fácil.
Me pongo en la cola y me piden el pasaporte y datos del vuelo.
– ¿No tiene usted vuelta?
– Claro que sí, aquí la tiene, ¿no lo ve? Desde Nueva York, en el 2013.
– ¿Pero no tiene vuelta desde Costa Rica antes de tres meses?
– No, eso no.
– Pues no puede subir al avión. Y ahora, si me permite…
y con eso me dejó. Le insistí en que no pretendía quedarme en el país pero la chica no atendía a razones. Quería ese billete de vuelta. Vaya, esto no parece que vaya a tener solución fácil. Yo sabía que estas cosas podían suceder, ¿pero tenía que ser precisamente ahora?
Justo en este momento llegó mi hermana, que había ido a aparcar el coche en el parking del aeropuerto y se acercó a ver si me encontraba en la cola para darme la última despedida, tal vez con un café. Lo que encontró fue una escena bien diferente. También intentó hablar con la chica pero ella mantenía su postura. La cosa empezaba a ponerse seria y empezaban a aflorar los nervios. Yo no estaba dispuesto a perder ese vuelo, y menos a comprar otro billete, que seguramente no encontraría por menos de 800 €. Intentando mantener la compostura, le pedí hablar con el supervisor porque me imaginaba que no era realmente un billete de vuelta lo que querían, sino tan sólo un billete de salida del país, como prueba de que no me quería quedar allí y que pensaba continuar mi viaje. Son cuestiones formales de inmigración que las aerolíneas a veces exigen, y eso era justo lo que me estaba pasando. Claro, no había contado con que mi vuelo pasaba por los Estados Unidos y el excesivo celo en el cumplimiento de los requisitos de seguridad que me podría encontrar.
Llegó la supervisora y tras hablar con un agente de inmigración estadounidense me confirmó que sí que bastaba con un billete de salida. Bueno, ahora sólo me queda encontrar una salida del país. ¡Chupado! Sí, pero son las nueve de la mañana, las tres de la madrugada en Costa Rica, y esto puede estar complicado.
Nos ponemos mi hermana y yo a mirar billetes de autobús (la opción más barata) en internet con nuestros móviles, y aunque encontramos información sobre horarios y precios parece imposible comprarlos online. Intento ponerme en contacto con mi agencia de viajes de Palencia (http://www.zeppelintravel.es), pero no contesta nadie. Son las nueve y media, ¿no será que no abren hasta las 10? La cosa se va complicando.
Ya presos de los nervios, mi hermana empieza a bombardearme con opciones. Ella puede llamar a su agencia, y a mi me sugiere que hable con la gente del puesto de la compañía con la que viajaba, Delta, donde también hay cola. Yo le intento explicar que mi billete tiene salida desde Nueva York y que cambiar el lugar de salida no era posible. No importa, me dice, igual puedo comprarles otro billete a otro lado…
Me pongo a la cola, pero no cejo en mi empeño de contactar con mis profesionales de Zeppelin Travel. Al fin entra la llamada, y me salgo de la cola (perdiendo por tanto mi lugar). Les cuento la situación y viendo lo delicado del asunto y comprendiendo que iba a ser difícil encontrar billetes de autobús por internet, se ponen inmediatamente a buscar algún vuelo barato de salida. Dejo a las chicas trabajando y me acerco a la supervisora de antes para pedirle que me reserve el puesto o para que vayamos adelantando trámites para cuando tenga mi billete. Por el momento no hay prisa. Que se lo enseñe cuando lo tenga. Pasan diez minutos y no tengo noticias. El tiempo apremia y ya no hay nadie en el mostrador, el vuelo entero ha facturado y ha pasado seguridad, sólo falto yo.
Son las diez. Les pregunto a los de la aerolínea si me pueden escoltar a través de seguridad cuando haya conseguido el billete, para poder llegar a tiempo al vuelo. No hay mucha gente en seguridad, no hace falta. Eso sí, me dan hasta las diez y media para conseguir el billete, si no, me quedo en tierra.
Me llaman de la agencia, el vuelo que me estaban intentando reservar a El Salvador no se puede confirmar. Tenemos que probar con otro destino. ¡Adelante! Lo único que me importa es subir a ese avión. Ah, bueno, y que no me cueste un riñón…
Así sigue la danza. Me llaman de la agencia, que lo están tramitando, pero que lleva su tiempo. Tampoco están seguras de que este vuelo se pueda confirmar. Hasta que no lo pasen por el sistema no lo pueden saber. Les adelanto mi número de tarjeta por si acaso y me vuelvo a poner en la cola de la ventanilla de Delta. Son ya las diez y veinte. Le pido por favor a un señor que había ocupado mi sitio si no le importa dejarme antes y le explico que estoy a punto de perder mi vuelo. Un poco a disgusto acepta.
Las diez y veinticinco, y todavía no tengo respuesta definitiva de la agencia. La tensión es máxima. Mi hermana ya me está contando el plan que tiene para el resto del día, por si me interesa acompañarla.
Son ya las diez y veintiocho, llamo de nuevo a la agencia. Acaban de hacer la reserva. Necesito el pdf, que me lo envíen por favor por correo en cuanto antes. Número de pasaporte, fecha de nacimiento, aún no hemos acabado. Estoy delante del mostrador, con la mochila ya sobre la pesa y el pasaporte sobre el mostrador, pero sin pdf no hay nada que hacer y ese pdf no llega. Nueva llamada a la agencia, me lo están mandando. Son ya las diez y media. Me entra el correo al móvil, pero cuando lo miro no puedo abrir el archivo adjunto. ¡Oh no, que no subo al maldito avión y ya me he gastado la pasta! Justo me dice uno de los chicos que hay wifi gratis en la terminal y sin pensarlo saco el iPad, que llevaba a mano, para ver si hay más suerte. Lo abro. ¡Estoy dentro!
Besos y abrazos a mi hermana, cojo la bolsa que llevaba de equipaje de mano y salgo corriendo hacia seguridad. Botas fuera, chaqueta, iPad en bandeja aparte, vaciar bolsillos. Un chico delante. Perdona, mi vuelo está a punto de salir. Adelante. Por suerte no hay ningún problema en seguridad y paso directamente. ¿Qué puerta de embarque me habían dicho? Mirar en las pantallas. Correr hacia la puerta. De repente la calma. Yo sudando, empapado, con el corazón a mil por hora, pero quedan diez minutos para el embarque y casi no hay ni cola formada todavía. Miro a mi alrededor y veo sólo calma. Gente tranquila a punto de salir de vacaciones.
Recuerdo las tareas que me quedaban por hacer en el aeropuerto. Sacar dinero. Ni de coña, no hay cajeros a la vista y no hay tiempo. Suspender línea de teléfono. Mi última llamada antes de salir de España, al 471, atención al cliente de Orange. ¡Qué romántico! Lo consigo. Estaré sin teléfono tres meses.
Empieza el embarque, ¡lo conseguí! Nunca había tenido una partida tan accidentada, y eso que no soy de los que dejan todo listo con tiempo.
Respiro hondo, paso al avión, me consigo sentar. ¡Al fin empieza el viaje!
Conseguí sacar 500 $ en la escala en Atlanta, y con eso llevo tirando hasta hoy. Eso sí, no me va a durar siempre y tengo que buscar la manera más barata de sacar dinero aquí, pero todo eso ya lo iré viendo en su momento.
Como anécdota, una vez en Atlanta casi ni me miraron el pasaporte, porque me tocó un agente de inmigración que estaba encendido y comentando con sus compañeros los temas más esotéricos del momento del béisbol, y los 5 anteriores a mi recibieron el mismo trato de autómata mientras vociferaba sus más sentidas convicciones con sus compañeros…
Y con eso, que no es poco, os dejo por ahora.
Pura Vida!

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