retiro espiritual forzado

Hace un par de semanas estuve de viaje en una playa caribeña, Cahuita, en la parte sur de Costa Rica, cerca ya de Panamá. La playa estaba preciosa, y el segundo día alquilamos unas bicis para salir a pasear.
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El agua estaba un poco agitada y las condiciones no eran las mejores para nadar hasta que llegamos a la playa de Punta Uva, donde se formaba una pequeña bahía que hacía de barrera natural para las olas y el baño era más agradable.
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A la vuelta de Punta Uva, a donde se llega por un bonito sendero que atraviesa el bosque que se ve en la foto, había otra playa en la que habían colocado una especie de columpio, una cuerda colgada de un árbol con un palo atado en el extremo que quedaba a una altura de unos dos metros. En cuanto lo vi no me pude resistir, claro, y salí corriendo hacia él para echarme unos lances. Me divertí un rato, y entonces quiso probar Ruth, pero ella me pidió que la subiese a hombros para que lo probase sentada sobre el palo.
Ya nos íbamos, pero yo no fui capaz de irme de allí sin darle un último pegue. A estas alturas ya tenía las manos un poco mojadas. Agarré bien el palo y me di impulso, la cuerda siguió su arco hacia arriba y mi cuerpo se tensó, pero la atracción de la gravedad y la fuerza centrífuga del movimiento fueron más fuertes, se me resbalaron las manos, y caí dando media voltereta para ir a parar a la arena de la playa, golpeándome en el hombro, la cabeza y el cuello. El golpe me cortó la respiración, aunque por suerte no el sentido, y como subían las olas a recibirme, temía tragar agua al intentar recuperar el aliento, así que me incorporé a cuatro patas y repté playa arriba hacia la arena seca. Las chicas que venían conmigo, que habían palidecido al ver la caída por lo fea que había sido, vinieron a ayudarme y me decían que me tumbase a descansar, pero yo sólo quería respirar de nuevo y no hice mucho caso. De hecho, en cuanto recuperé el aliento me puse de pie y volvimos a la otra playa donde nos esperaba Lili, que se había quedado guardando las bicis. De esta vuelta sólo recuerdo el comienzo, y el resto lo debí hacer en piloto automático.

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No le dijimos a Lili nada de lo ocurrido, sino que cogimos las bicis y seguimos camino para ir a comer. Desde el restaurante vi unas duchas y pedí permiso para usarlas, porque no me había lavado desde la caída y estaba lleno de arena. Saliendo de la ducha me encontré un billete de 1000 colones, y al mostrarlo de vuelta al restaurante (una tasquilla familiar, lo que aquí llaman una soda) dijo Lili que vaya ¡golpe de suerte! No pude evitar la risa, a pesar de que hacía que me doliese el hombro, y ya le conté el asunto del columpio. Ella me había notado mucho más calmado a la vuelta del paseo, pero no había dicho nada. Ahora ya conocía el motivo.
Bueno, pues volvimos a las cabinas en las que nos estábamos quedando y por la noche me hicieron una pequeña fiesta de cumpleaños con tarta y velas incluidas.

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Se aplazaba la hora de acostarse, pero llegó de todos modos, y como me imaginaba, apenas dormí en toda la noche, a pesar del ibuprofeno que me había comprado Lili por la tarde. Intenté dormirme en la cama un rato y luego salí a dormir en unas hamacas que había fuera, que por la tarde habían sido lo más cómodo que encontré, y ya sobre las cuatro, cuando empezaba a rayar el sol y no podía aguantar más los cambios de posturas con los que no conseguía disminuir el dolor, salí a dar un paseo por el pueblo para pasar el rato. Ya cuando despertaron las chicas, desayunamos y yo fui a cancelar el viaje al norte hacia el Parque Nacional de Tortuguero para salir en su lugar hacia San José al hospital y luego quedarme en la finca para que me cuidasen. Fue una pequeña crisis para el dueño de la agencia de viajes con el que habíamos contratado el traslado, pero todo se solucionó pagando una comisión de cancelación.
El camino hacia San José fue más o menos soportable, aunque se alargó hora y media más de lo necesario por encontrarnos con una huelga de bananeros. Durante el camino me crujió el hombro cuando fui a recoger una cosa en el compartimento de maletas superior, y me quedé bastante jodido hasta que llegamos al hospital, cosa que conseguimos sin problemas con un taxista joven que comprendió bien el asunto y se portó fenomenal esquivando todos los baches de la carretera.
Llegados al hospital, no dejaron a Lili pasar conmigo, así que pasé solo al departamento de emergencias para que me hicieran la valoración, de donde me enviaron con unos papeles a un periplo de cuatro horas por el hospital, que supongo que sería porque al ser extranjero querían integrar una visita turística como parte de la experiencia…
La primera sala que tenía que visitar era la de inyectables, que tenía a la puerta a un montón de gente con vías puestas y cargando botellas de suero o medicamentos. La mayoría tenían sus bolsitas colgando de ganchos en la pared puestos a tal efecto, pero a una señora que iba en silla de ruedas se lo habían pegado con cinta adhesiva. ¡Gente de recursos, estos Ticos! Yo allí ya empecé a ponerme un poco nervioso, pensando aquello de que las cosas se hacen de manera diferente en cada sitio, y que en Costa Rica igual les gustaba meter cánulas por defecto, en lugar de utilizar las tan socorridas jeringuillas de toda la vida. Ya estaba casi sufriendo arcadas cuando llamaron mi nombre. No sabía si presentarme o salir corriendo. Me presenté, y por suerte mis temores resultaron infundados. Me iban a poner una inyección nada más, eso sí, tumbado.
– ¡No, no, por favor! ¿No puede ser de pie? Es que no me puedo tumbar, me duele.
– Ah! Bueno, no hay problema, me dijeron, y me pidieron que me bajase los pantalones.
Puesta la inyección de voltarén, les pedí que me ayudasen a atarme a la cintura la chaqueta que llevaba y que me había tenido que soltar para bajarme los pantalones. Le dieron una vueltita y hale, ¡arreando!
Así que salí de aquel cuarto, con los papeles en una mano, la otra colgando, y andando cojo por la bola de voltarén que llevaba en la nalga izquierda. Ahora tenía que buscar la sala de rayos x, que quedaba en otro edificio anexo por el que se accedía atravesando un largo pasillo interno casi desierto. Según iba andando, notaba que la chaqueta que tan servicialmente me habían ayudado a atarme se me estaba soltando. Había un señor que venía hacia mi pero no me atreví a pedirle ayuda. Nada, seguro que la podría sujetar arrimando a la cintura el brazo que llevaba colgando, como para apresarla. Pues no, la cosa se seguía cayendo, y ahora estaba solo en el pasillo… Acabé agarrando la chaqueta como pude, y la llevaba arrastrando por el suelo, algo así como Christopher Robin con Winnie the Pooh, por el interminable y lóbrego pasillo desierto del hospital, una patética imagen de desconsuelo. En este punto me entró un poco de flojera y casi me aflora una lagrimilla de autocompasión, pero de repente la consciencia de lo estúpidamente patético del cuadro hizo que me riese de mi situación y me dio fuerzas para seguir adelante y encontrar la sala de radiología.

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Tres placas de rayos-x y dos médicos más tarde, me dijeron que podía tener una rotura escapular (sin comprobar porque ninguna de las tres placas eran del omóplato), pero al menos quedó descartada la posibilidad de contusión pulmonar (líquido en los pulmones). Me recetaron ibuprofeno 400 y otra cosa, y a casa a descansar. Total, el hombro no se puede escayolar ni nada… Pedí consejos sobre posturas a adoptar y tal, pero no tenían ninguno para darme. Que me colocase como menos me doliese, me dijeron.
Así que nada, me ha tocado dedicarme unos días a la vida contemplativa, pero ya voy ampliando el abanico de pasatiempos.
Y dicho todo esto, quiero aclarar que ya me siento mejor y me voy recuperando, aunque aún sufro por las noches. Durante el día ya estoy trabajando, aunque sea en labores no demasiado físicas, ¡así que al fin empieza la fase agrícola del viaje!🙂

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