el dilema de comer huevos de tortuga

El otro día, en casa de unos amigos ticos de Parrita mencionamos los huevos de tortuga así por encima en una conversación y de repente se levantaron, fueron a la nevera, sacaron una pelota de ping-pong y la abrieron, tirando la clara y vertiendo la yema en un vaso de chupito. ¡Me tocaba probarla!
Aquí es donde entramos en terreno fangoso. Estoy de viaje y una parte importante del propósito es para vivir experiencias nuevas y conocer otras culturas, pero intento ser un viajero responsable, consciente de mi impacto y de las consecuencias de mis actos en cada momento. En este caso estoy en casa de unos amigos y me están ofreciendo para comer un huevo de un animal que tal vez esté en peligro de extinción. Yo no se exactamente de dónde procede este huevo, pero está claro que es ilegal. ¿Cómo debe obrar uno en estos casos? Me gustaría ser consecuente con mis ideas sobre la protección de especies amenazadas, pero a la vez siento una curiosidad culinaria por probar este plato raro y que me están poniendo delante de las narices. Estas son algunas de las consideraciones que se me pasaban por la cabeza en ese momento:

  • No todas las tortugas están en peligro de extinción (aunque es cierto que todas están cada vez más amenazadas), cada una pone muchos huevos y hay muchos programas de protección de puestas y suelta de crías
  • Los huevos que me están ofreciendo son claramente de contrabando. En algunos lugares hay permisos para recolectarlos y venderlos, pero en este caso yo estaría favoreciendo y promoviendo el tráfico ilegal y desregulado
  • A esta gente les gusta comer estos huevos, lo hacen con frecuencia y el que yo acepte o rechace este huevo en particular no va a afectar sus hábitos. Es un sólo huevo que ya está comprado y roto

¿Y cómo se come un huevo de tortuga? os estaréis preguntando.
Pues esta es la parte más enrevesada, absurda y controvertida del relato. El señor en particular es un cocinillas esmerado al que le gusta también preparar buen ceviche (que por cierto estaba macerando en la nevera). Para acompañar los huevos de tortuga tenía preparada una salsa agridulce y picante parecida a la que usan en algunos lugares de México para el cóctel de gambas. Me la dieron a probar y estaba rica. Bañaron la yema que estaba en el vaso de chupito en esta salsa y me dijeron que debía tomarlo de un trago y sin masticar el huevo. Me pasaron el vaso de chupito.
– Espere, ¿quiere decir que voy a tomarme un huevo de tortuga sin ni siquiera probarlo? – dije con el vaso de chupito en la mano – ¿Y entonces cuál es la gracia de todo el asunto?
Parece que no me entendieron. Me repitieron que lo debía tomar de un sólo trago, como si de guaro se tratase. Para aclarar el tema, volvieron a la nevera y sacaron otro huevo, lo metieron en otro vaso de chupito, lo ahogaron en la rica salsa y se lo pasaron al amigo tico con el que habíamos llegado hasta allí para que hiciera una demostración.
– No, si yo entiendo lo que me estás diciendo. Pero es que yo si me voy a tomar el huevo, lo que quiero es probarlo. Probarlo sin probarlo es no probarlo. ¿Para qué me lo quiero comer si no lo voy a saborear? Yo no siento la necesidad de comerme un huevo de tortuga, sino simplemente cierta curiosidad por saber a qué sabe. Pero si lo enmascaro con una salsa de sabor potente y además me estáis diciendo que no lo mastique, no se para qué me lo voy a comer. Para eso pruebo la salsa nada más y ya está. No me hace falta tomarme el huevo.
El otro amigo hizo la demostración.
– Así es como se hace. Ahora tú, adelante.
– No, si yo entiendo, pero no entiendo – les dije en puro estilo juliano – ¿y qué pasa si mastico el huevo?
– No, no. No lo mastique. Trágeselo entero no más.
La conversación de besugos siguió así un rato más, pero viendo que la cosa tenía visos de eternizarse, cedí y me tomé el chupitazo. La cosa no tenía nada de especial, pero claro, eso porque me refrené de echarle un mordisco a esa yema que pasaba por entre mis dientes. Si me decían que no lo hiciese sería por algo y temía que realmente pudiese tener un sabor repugnante y les escupiese el mejunje de salsa y huevo por toda la tapicería del salón (lo cual parece ser el caso, ya que otras fuentes me han dicho que realmente tienen un sabor asqueroso). Eso sí, en este punto ya me sentía bastante estúpido, comiendo un huevo robado, totalmente antisostenible y antiecológico sin ni siquiera probarlo. Esta gente obviamente no comía los huevos por su sabor, así que el que yo rechazara el comerlo no les iba a afectar, pero personalmente me sentía absurdo y débil, por no tener los huevos realmente de no tomarlo porque tampoco quería ofenderles rechazando su generosa oferta.
¿Y por qué se toma la gente tanto trabajo para comer los huevos de tortuga?
Esta pregunta queda abierta a especulación, pero creo que como en muchos de estos casos de explotación y uso de especies en peligro de extinción, está relacionado con la virilidad y la potencia sexual. Qué pena que los hombres tengamos tan poca seguridad en nuestras relaciones sexuales y en nuestro rendimiento, y qué pena que no tengamos y/o usemos otros recursos…
Así que ahí dejo la historia del dilema de los huevos de tortuga y el escabroso asunto de los efectos de buscar experiencias únicas y cómo compaginar esto con las relaciones interpersonales. Podéis opinar y comentar lo que queráis. Queda abierto el espacio para el debate.

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  1. #1 by dino on 09/10/2012 - 11:54

    ¿Cómo y para qué se comen los huevos de las pobres tortugas, que hasta lloran cuando los ponen? Y ya de paso, que les echen alquitrán para darles más sabor no? Por lo menos, frito con puntillita, que puede tener su punto. Me parece otro ejemplo de pulpito koreano en honor a Priapo. Pero esa idea peregrina ha existido siempre y en todas las culturas. Aquí, por ejemplo, el ciripolen, aunque por lo menos no se comían las abejas ni influían en su reproducción y sólo les robaban su néctar. Me muero imaginadome al abuelico de pueblo poniendose tibio con los morros pringosos mientras la mujer le espera fogosa en la cama en pololos. Nuestra generación no tendrá que pasar nunca por eso, verdad? Pastillita azul y a saltar con pértiga. Se extinguirán los Pitufos con tanta demanda? Pero no te castigues Julius, ya lo sabes y así la siguiente vez podrás rechazarlo disimuladamente metiendote dentro del caparazón. Y además la hospitalidad debe ser correspondida no? Son costumbres y peores chupitos te has tomado en las tabernas, que nos conocemos!!

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